El tequesquite: herencia viva de la cocina mexicana
Mineral prehispánico de profundo arraigo en la cocina mexicana, el tequesquite ha sido clave para sazonar, nixtamalizar y transformar alimentos desde tiempos ancestrales. Su composición natural y su permanencia en la gastronomía revelan un conocimiento culinario y ambiental que sigue vigente.
16/04/2026 1:58 pm
MÉXICO.- El tequesquite, conocido como la “sal de la tierra”, es un mineral de origen prehispánico que ha acompañado la historia alimentaria de México desde tiempos ancestrales. Se trata de una sal natural y alcalina que se obtiene por la evaporación del agua en los lechos de antiguos lagos, especialmente en la zona del Lago de Texcoco. Su nombre proviene del náhuatl tequixquitl, que significa “piedra que brota”, en alusión a las costras minerales que emergen del suelo.
A diferencia de la sal de mesa, el tequesquite es una mezcla compleja de minerales como cloruro de sodio, carbonato de potasio, bicarbonato y sulfato de sodio. Esta composición le da su característico color grisáceo y una textura de grano grueso, además de propiedades únicas que han sido aprovechadas en la cocina tradicional.
En el ámbito culinario, su uso ha sido fundamental. Se emplea para sazonar alimentos como frijoles, elotes y quelites, intensificando su sabor y mejorando su color. También cumple una función clave en la nixtamalización del maíz, donde actúa como sustituto de la cal, y en la preparación de tamales y panes tradicionales, ya que ayuda a esponjar las masas. Más allá de la cocina, el tequesquite ha tenido presencia en la medicina tradicional, donde se ha utilizado para aliviar molestias estomacales.
El agua de tequesquite: técnica ancestral que da vida a la cocina comunitaria
Este mineral se comercializa en distintas presentaciones —en piedra o molido— y se clasifica en variedades como espumilla, confitillo, cascarilla y polvillo, que varían en calidad y textura según su proceso de recolección.
Aunque su uso ha disminuido frente a productos industrializados, el tequesquite sigue siendo un elemento esencial de la cultura alimentaria mexicana. Su permanencia no solo habla de prácticas culinarias ancestrales, sino también de un conocimiento profundo del entorno y de los recursos naturales, que hoy cobra relevancia en la búsqueda de alternativas más sostenibles y arraigadas en la tradición.
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