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Del campo al florero: así se protegen nuestras flores nativas

El Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas impulsa la conservación, registro y mejoramiento de especies ornamentales mexicanas para fortalecer la floricultura y el desarrollo rural.

Clara Aceves

MÉXICO.- Detrás de cada ramo hay mucho más que color y perfume. Hay campo, manos trabajadoras, ciencia… y también compromiso con nuestras raíces.

La floricultura es una actividad que da vida a miles de comunidades rurales. Genera empleos, impulsa economías locales y mantiene viva una tradición que florece todo el año. Pero para que ese ciclo continúe, hace falta algo esencial: proteger y fortalecer nuestras especies nativas.

Ahí entra en acción el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS), organismo sectorizado a la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, que trabaja para conservar y aprovechar de manera sustentable nuestras flores ornamentales.

¿Te suenan el cempoalxóchitl, la nochebuena o la dalia? No solo son bellas: forman parte de nuestro patrimonio natural y cultural. El SNICS ha promovido el registro de 61 variedades ornamentales nativas en el Catálogo Nacional de Variedades Vegetales, entre ellas cempoalxóchitl, nochebuena, tigridia, dalia, amaryllidaceae (lirios y azucenas) y echeveria.

Además, coordina redes de investigación y producción para conservar especies como bromelias, cactáceas, orquídeas, tigridias y hasta la emblemática pata de elefante. También protege nuevas variedades mediante el Título de Obtentor, que reconoce el trabajo de mejoramiento genético.

A diciembre de 2025 se tenían registradas 6,394 variedades de 148 cultivos, de las cuales 573 corresponden a ornamentales. Tan solo de cempoalxóchitl hay 52 variedades registradas; de nochebuena, 44.

Y todo esto no es un dato técnico más. Significa que cuando eliges flores cultivadas con semillas nacionales, estás apoyando especies mejor adaptadas a nuestros climas, ayudando a preservar la agrobiodiversidad y respaldando a comunidades rurales e indígenas que han cuidado estas plantas por generaciones.

Las flores no se comen, es cierto. Pero sostienen economías, celebraciones y tradiciones. También alimentan el orgullo por lo que somos.

La próxima vez que recibas un ramo o compres una planta, quizá valga la pena pensar que, antes de llegar al florero, hubo ciencia, campo y cultura trabajando en conjunto para que esa belleza floreciera.

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